En esta entrada el psicólogo Francisco Sánchez Fuentes del Centro Alpadif Talavera ha creado una recreación de como los efectos del estrés y la ansiedad provocado por el Coronoavirus y el posterior Estado de Cuarentena puede afectarnos a nivel personal.

La situación explicada en esta entrada se trata de un historia ficticia e inventada.

Como punto de partida se ha escogido la situación de incertidumbre y desconfianza provocada por la epidemia de Covid – 19. Desarrollando a partir de ella un cuadro de ansiedad en un paciente inventado.

Laura es una joven de 33 años. Vive con su pareja Iván un año mayor que ella compartiendo piso desde hace 4 años. Laura trabaja de dependiente en una tienda de ropa del centro de su ciudad. Lleva trabajando 5 años, aunque el trabajo es agotador, porque debe de pasar muchas horas de cara al público, le gusta y le resulta muy ameno.

El 13 de Marzo su jefe le llamó a su despacho y le comentó que por motivos de seguridad deberían de cerrar la tienda y que tanto ella como el resto de sus compañeros sufrirían un ERTE y tendrá que esperar unas semanas para ver cómo transcurre todo para volver a incorporarse a su trabajo.

La primera semana Laura la pasó en casa tranquilamente, su pareja también había sufrido un ERTE en su trabajo y se dedicaron los primeros días a pasar tiempo juntos, ya que por sus horarios laborales no podía verse todo el tiempo que les gustaría. Los días los pasaban limpiando su casa, cocinando juntos, viendo series, jugando a las cartas,… Todo parecía tranquilo esperando a que la situación volviera a la normalidad.

Al final de la primera semana Laura comenzó a ver durante muchas horas las noticias. Por su cabeza pensaba que debería estar al día con todo lo que estaba sucediendo, debería de enterarse la primera de todos los cambios que iban apareciendo y se tiraba todo el día delante de la pantalla. Al ver pasar los días y ver cómo iban aumentando el número de contagiados y de fallecidos comenzaron aparecerle muchísimas preocupaciones: “Y si estoy yo también contagiada”, “y si puedo contagiar algún ser querido y se muera por mi culpa”, “y si no volvemos nunca a la normalidad”, “y si me despiden”, “y si”, “y si”,… Pasaban los días y estos pensamientos inundaban su cabeza día y noche. Dormía peor, se despertaba en mitad de la noche a la hora que fuera y ya no podía volver a conciliar el sueño. Además la relación con Iván estaba empeorando, él le criticaba que no podía pasarse todos los días con las noticias puestas, que eso era lo que estaba afectándola y que así no podía seguir.

Pasaron unos días más, y entonces fue cuando saltó la bomba. Se había enterado que Ana una compañera suya del trabajo se había contagiado, y que su pareja y su hijo pequeño también tenían el virus; “¿Cómo habrá pasado?”, “¿Si los dos están en casa por el ERTE?”,” ¿cómo lo habrán cogido?”, “¿Estaré yo contagiada?” A partir de ese momento no para de centrarse en su cuerpo, de tratar de percibir si tenía algún síntoma del coronavirus. Constantemente se tomaba la temperatura con el termómetro, 20 – 25 veces al día. Pasaba las horas sentadas delante de la televisión, de una cadena a otra, de una programa a otro, pero siempre noticias, noticias de la enfermedad, ya no dormía nada, tampoco comía, no quería hacer nada, no le apetecía nada, lo único que hacía era pensar, pensar en todo lo que estaba ocurriendo, en su vida, en la enfermedad, su enfermedad.

A los 4 días la situación iba a peor. Su cabeza creía que iba a estallarle, todo el día le estaba doliendo, también había notado que le costaba mucho respirar, y se tomaba la temperatura cada 10 – 15 minutos. Al ponerse de pie sentía un vértigo terrible, le daba miedo andar por su casa, ir del salón al baño, tenía que hacerlo agarrándose de las paredes. Tenía muchísimo miedo, de tener la enfermedad, le daba pánico el hecho de poder haberse contagiado y que pudiera contagiar a su pareja y a sus seres más queridos.

Unos días después la situación era mucho peor. Todo el día centraba su atención en su dolor de cabeza. Se despertaba y al abrir los ojos ya le dolía la cabeza: “Lo tengo”, “Estoy infectada”, “Si me duele tanto la cabeza es porque estoy enferma”, “Esto no es normal”,… Estos pensamientos no se los podía quitar nunca de encima y conformen pasaban las horas del día iban a peor, como su dolor de cabeza, le costaba mucho respirar, había veces que se ahogaba, que le faltaba el aliento: “Lo tengo”, “Estoy infectada”,… Llamó por teléfono al número de atención a los afectados por coronavirus, les comentó todos los síntomas que estaba experimentando y le dijeron que permaneciera en casa tranquila, y que evitara salir a la calle. Pero ella no podía estar tranquila, “estaba segura que estaba contagiada”, “segura de que lo había cogido al igual que su compañera en el trabajo”,…

Pasó otra semana. Laura llevaba ya muchos días sin salir a la calle. Todo el día se encontraba mareada, todo el día le faltaba la respiración. Seguía sin dormir nada, cuando lo conseguía no era más de 15 – 20 minutos y se despertaba sobresaltada, con el maldito pensamiento en su cabeza: “Estoy infectada”. Sufría vértigos, con un dolor terrible de cabeza que no podía quitárselo jamás, sin poder respirar, siempre le faltaba el aire, siempre sentía que se ahogaba. Además tenía muchísimos temblores, todo el día le temblaba las manos o las piernas; no las podía tener paradas, siempre hacían lo que les deba la gana. Y escalofríos, escalofrías que recorrían todo su cuerpo. “Lo tengo”, “estoy infectada”, “me voy a morir”, “y voy a contagiar a mucha gente”, “lo tengo”,…

Pasaron unos días y su pareja Iván le preguntaba constantemente, le decía que era una exagerada, que no podía tener el virus, que llevaban muchísimas semanas los dos encerrados en casa y que era imposible que lo tuviera, porque de tenerlo ya habría enfermado. Pero Laura no le escuchaba, le decía que se encontraba muy mal, que le faltaba el aire, que la cabeza le iba a explotar, que se encontraba mareada y que eso era por el virus. Ella lo tenía, lo tenía seguro. Iván le comentó esa misma tarde que les vendría bien salir a dar un paseo a la calle y Laura se negó. Al escuchar las palabras de su pareja notó como el miedo recorría por completo su cuerpo, que sensación más desagradable. Se quedó paralizada, no sabía que decir, no sabía que contestar, ella no iba a pisar la calle sabiendo que estaba contagiada.

A partir de ese momento la situación empeoró mucho más. Se tiró días sin dormir, días sin comer nada, su cabeza le iba a estallar, estaba todo el día mareada, daba igual si se tumbaba en el sofá, porque se mareaba, si estaba sentada, porque se mareaba, en la cama no podía estar. Se metía dentro de ella y todo a su alrededor le daba vueltas, su corazón latía desbocado como si fuera a salirse de su pecho. Y siempre le faltaba el aire, siempre se ahogaba, no podía respirar. La relación con su pareja también había empeorado mucho. Iván le rogaba que saliera a dar una vuelta a la calle, que dieran un paseo juntos, que no podía estar todo el día encerrada en casa, que todo lo que le pasaba era por estar encerrada. Pero ella se negaba “Estoy enferma”, “estoy enferma”, “si no estuviera enferma no me sentiría como me encuentro”. Se negaba en rotundo. La televisión seguía encendida las 24 horas y Laura delante de ella. Pero ya no la miraba, ya no la escuchaba, pero no podía apagarla. No podía quitarla, tenía que estar delante de ella, tenía que enterarse de todo los cambios que podrían aparecer.

Una tarde al ir al baño, Laura comenzó a notar que todo lo que había a su alrededor comenzaba a girar, comenzó a tener un vértigo terrible, su corazón latía a 1000 por hora, se mareaba, se mareaba y sin darse cuenta se desplomó en el suelo. Iván su pareja corrió auxiliarle y Laura no era capaz de decirle nada, estaba rígida, no pensaba nada todo lo que sentía era malestar. Dolor de cabeza, dolor en el pecho, falta de oxígeno, escalofríos por todo el cuerpo. Iván la cogió en brazos y se fueron corriendo a Urgencias. Al enterarse Laura que iba ir al hospital volvió a perder el control, su corazón parecía que le iba a salir del pecho, y no podía respirar. El miedo inundaba todo su cuerpo: “Me voy a morir”, “me voy a morir”. En el hospital los médicos le hicieron un montón de pruebas: analíticas, radiografías, electrocardiograma, estuvo muchas horas esperando y al final un médico le dijo tanto a ella como a su pareja que no habían encontrado nada raro. Todo estaba bien, y que no se preocupara. Laura le pidió que le hicieran la prueba del coronoavirus, y el médico le dijo que no creía que fuera necesario y la mandó para casa: “¿Cómo que no es necesario?”, “todo lo que me pasa es porque estoy enferma y ellos no lo quieren ver”, “estaré muy grave porque los médicos no se han dado cuenta”. Laura e Iván se fueron a casa.

Tras su ingreso en el hospital, las dudas solamente aumentaron en la cabeza de Laura. Ella sabía con certeza que estaba enferma. Algo grave le pasaba, y los médicos no eran capaz de encontrar que le estaba ocurriendo, nadie del hospital le pudo explicar que le estaba ocurriendo y porque estaba sintiendo todos estos síntomas. El médico que el atendió en urgencias le recetó unas pastillas. Le dijo que no se preocupara, que eran unas pastillas para que pudiera relajarse, para que pudiera estar más tranquila, que la iban ayudar a dormir y no iba a tener tantas sensaciones negativas.

Laura de siempre ha sido muy reticente a tomas ninguna pastilla. Pero viendo su situación comenzó a tomárselas. Pasaron unos días y la situación no mejoraba. Laura seguía experimentando las mismas sensaciones: vértigo constante, todo el día se sentía mareada, ahogo, no era capaz de respirar de una forma correcta, el corazón sobresaltado, latiendo a un ritmo vertiginoso, sin saber que poder hacer para tranquilizarse, escalofríos, escalofríos constantes por todo el cuerpo. Además las pastillas le habían quedado las pocas ganas de hacer nada en casa. Laura había ya abandonado cualquier tipo de actividad en casa. Solamente se limitaba a ir de la cama al sofá y ponerse delante del televisor, para ver noticias. Siempre noticias, noticias todo el día. Se sentía inútil, no hacía nada, no era capaz de hacer nada, pero es que no tenía ninguna fuerza para hacer nada. Sus sensaciones la incapacitaban hacer cualquier cosa, todo lo que se le ocurriera poder hacer, siempre era descartada, porque por su situación se veía incapaz de hacer nada. Todo le daba miedo por si volvía a tener ese mareo que le llevó al hospital. El miedo la atenaza, controla toda su vida, no le deja en paz, no le vivir.

A partir de ese momento, toda la vida de Laura se centraba en fijarse en sus síntomas. Esos síntomas tan negativos, tan desagradables, que no le dejaban relajarse, que siempre estaban ahí, que la limitaban en todos los días: “Los médicos no tienen ni idea”, “estoy enferma”, “estoy enferma”, “no van hacer nada por mí”. Las 24 horas del día estaba centrándose en su cuerpo y sus sensaciones siempre estaban ahí. Todo el día le dolía la cabeza, todo el día sentía que se asfixiaba, todo el día se encontraba mareada, miedo, lo único que sentía era miedo. Un miedo terrible que traspasaba todo su cuerpo. Desde la cabeza hasta los pies, sentía un gran malestar. “Estoy enferma”, “Me voy a morir y no van a poder hacer nada por mí”, “Me voy a morir”,…

Una mañana, Laura se encontraba en casa. Tumbada en sofá, con la tele encendida pero sin hacerle caso. No sabía cómo había llegado allí, porque la noche anterior se fue con su pareja a la cama. Pero allí se encontraba. Con su dolor de cabeza, con su vértigo todo el día, sin ganas de hacer nada. Sin poder hacer nada, solamente centrándose en todo lo que le rodea, en todo lo que pasa en su cuerpo, en cualquier mínimo detalle que pudiera percibir, haciéndole que aumente sus preocupaciones: “Estoy enferma”, “estoy muy grave”, “nunca volveré a tener una vida normal”, “nunca volveré a ser feliz”, “así, ¿quién va querer estar conmigo?”. En ese mismo instante recibió un mensaje de una amiga al móvil. Su amiga le pedía poder quedar con ella, porque le había pasado algo muy grave, y quería verla en persona para poder contárselo.

Conforme Laura leyó el mensaje, su corazón se le salía del pecho. El dolor de cabeza era insufrible, toda su cabeza parecía que le iba a estallar, era dolorosísimo. El miedo recorría todo su cuerpo. Notaba los escalofríos, las piernas le temblaban y no sabía cómo pararlas: “No voy a poder ir a verla”, “en mi estado es mucho mejor que me quede en casa”, “si no voy, ¿qué pensará de mí?,… Intentó ponerse en pie, dio 4 pasos en dirección de su cuarto y notó como todo su cuerpo se caía. No era capaz de permanecer de pie, todo lo veía girado. Su cabeza iba a estallarle, el miedo inundaba todo su cuerpo y se desplomó al suelo: “Me voy a morir”, me voy a morir”,…

Pasaron unos días y Laura acudió a ver a un psicólogo. Era una persona que no conocía, se la había recomendado una prima suya, reacia pero sin nada que perder acudió a consulta. En la primera sesión Laura salió de la clínica comprendiendo todo lo que le estaba ocurriendo. Los síntomas que estaba experimentando eran de ansiedad. No tenía ninguna enfermedad física, todo era Ansiedad. Aprendió a reconocer esas sensaciones y comprendió como le estaba afectando, y tras muchos días de desconocimiento al fin puedo descansar. Ya sabía lo que le pasaba, ya conocía como ella misma se provocaba esa ansiedad. Ahora sabía cuál era el camino, aprender a controlar su ansiedad, y volver a tener el control de su vida.

Francisco Sánchez Fuentes.

Licenciado Psicología UGR.

Nº Colegiado: CM – 01729.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *